Schiller y la construcción de la leyenda negra

El Don Carlos como espejo trágico de Felipe II.

El drama Don Carlos, de Friedrich Schiller

En 1787, Friedrich Schiller ofreció al mundo una de sus obras más intensas y ambiciosas: Don Carlos, infante de España, un drama en cinco actos ambientado en la rígida y sombría corte de la España del siglo XVI. En esta tragedia histórica, Schiller traza con aguda sensibilidad la tensa y conflictiva relación entre el rey Felipe II y su hijo Carlos, un joven idealista, impetuoso y profundamente enfrentado a la lógica del poder absoluto que encarna su padre.

Más allá del conflicto político, Don Carlos también se adentra en los abismos del deseo: el infante arde en un amor imposible por Isabel de Valois, la joven reina y esposa de su propio padre. Este triángulo dramático —tejido de pasión, deber y tragedia— no solo enriquece la dimensión humana de los personajes, sino que también sirve como vehículo para la crítica de Schiller al autoritarismo y a la opresión de la libertad individual.

Don Carlos a los pies de la reina Isabel de Valois

En el corazón de Don Carlos late un juego peligroso de intrigas y lealtades cruzadas. Alertado por rumores que corren en la corte, el Rey encarga al Marqués de Posa investigar la posible relación entre su hijo Carlos y la reina, Isabel de Valois. Sin embargo, el Marqués —figura compleja y de nobles ideales— elige priorizar su causa política: la emancipación de Flandes. En su estrategia, opta por no revelar sus verdaderas intenciones a Carlos, quien, herido por la opacidad de su amigo, empieza a sospechar de su lealtad.

Aun así, cuando el cerco del poder se estrecha y el Rey comienza a dudar de su heredero, el Marqués de Posa decide asumir el peso del sacrificio. En un gesto extremo de fidelidad, se acusa a sí mismo de estar enamorado de la Reina, desviando así las sospechas del monarca. Esta valiente artimaña le cuesta la vida: el Rey ordena su muerte, sellando con sangre el precio de una amistad silenciosa y de una lucha por la libertad nunca confesada.

Muerte del Marqués de Posa

Carlos, decidido a cumplir la última voluntad del Marqués de Posa, se propone llevar a cabo la liberación de Flandes. Sin embargo, sus intenciones no tardan en llegar a oídos del Rey, quien, al descubrir la conspiración, entrega tanto a su hijo como a la Reina Isabel a las manos implacables de la Inquisición.

¿Qué dicen las fuentes?

Carlos de Austria nació con una pesada carga sobre sus hombros: una salud frágil y un carácter inestable, consecuencia directa de una consanguinidad del 21%, similar a la que tendría un hijo de hermanos. Desde joven mostró comportamientos erráticos: era irresponsable con el dinero, de temperamento colérico y llegó incluso a amenazar de muerte a su propio padre, el rey Felipe II1.

En 1560, con la llegada a España de Isabel de Valois, tercera esposa del rey, surgió una estrecha y peculiar amistad entre la joven reina y su hijastro. Carlos, agradecido por las atenciones que Isabel le brindaba, le ofrecía regalos costosos como muestra de afecto. Fue quizás la única relación en la corte donde el príncipe encontró algo de consuelo.

Isabel de Valois

Sin embargo, sus comportamientos impredecibles y su creciente paranoia llevaron a Felipe a desconfiar cada vez más de la capacidad de su hijo para gobernar. El viaje a Flandes, donde Carlos iba a ser nombrado oficialmente heredero, fue pospuesto. Mientras tanto, el príncipe comenzó a tomar medidas extremas para protegerse: dormía con un arma bajo la almohada y guardaba pólvora y balas en sus habitaciones2.

En un último intento por controlar la situación, el rey ordenó el encierro de Carlos en 1568. La reina Isabel, profundamente afectada, confesó en una carta al embajador Fourquevaux que lamentaba “esta desgracia como si se tratara de su propio hijo”3.

Durante su encierro, Don Carlos dejó de alimentarse. Su salud se deterioró rápidamente y, al poco tiempo, falleció4.

La literatura en la conciencia colectiva.

Si bien existen antecedentes que exploran la controvertida historia que Schiller llevaría a escena, fue su pluma —aferrada a los ideales del Sturm und Drang, pero también afinada por el espíritu ilustrado— la que logró insuflarle una intensidad trágica y una profundidad filosófica inéditas. En Don Carlos, Schiller no solo reinterpreta un episodio oscuro de la historia hispánica; lo convierte en una tragedia universal, donde la lucha entre el individuo y el poder absoluto, entre la libertad y la opresión, se convierte en el verdadero eje dramático.

Lejos de conformarse con una narración histórica, Schiller modela una arquitectura teatral que desborda lo anecdótico para penetrar en lo esencialmente humano. Su Don Carlos no es tanto el retrato de un príncipe malogrado, sino el símbolo de una juventud idealista asfixiada por el rígido aparato del absolutismo. En esta obra, los personajes no son meros actores de un drama cortesano, sino encarnaciones de principios filosóficos y dilemas éticos: la libertad, la obediencia, el amor imposible, el precio de la verdad.

Friedrich Schiller

En este sentido, la tragedia de Schiller se convierte en una alegoría de su tiempo —y del nuestro— al confrontar la razón ilustrada con las sombras de la tiranía. La figura del inquisidor, la rigidez del monarca, la desesperación del joven Carlos, componen un paisaje moral donde la justicia no es alcanzable sin sacrificio, y donde la esperanza, aunque tenue, se insinúa como una posibilidad ética, más que como una certeza política.

La fuerza de Don Carlos reside precisamente en ese cruce entre lo histórico y lo ideal, entre el peso del pasado y la exigencia de futuro. Por ello, más que una leyenda negra, lo que nos lega Schiller es una meditación ardiente sobre el drama de la libertad humana, escrita con la gravedad y la pasión que solo los grandes espíritus son capaces de convocar.

Porque es justamente la literatura —y no la mera crónica ni la simple pedagogía— la que, al dramatizar los conflictos fundamentales del ser humano, logra sedimentar en la conciencia colectiva imágenes duraderas, símbolos vivos, arquetipos en los que generaciones enteras reconocen sus propios anhelos, miedos y contradicciones. Schiller, al componer Don Carlos, no solo escribió una obra maestra del teatro moderno; contribuyó a esculpir, en el imaginario europeo, una reflexión profunda sobre el poder y la libertad que continúa interpelándonos más allá del tiempo, como solo puede hacerlo la verdadera literatura.

  1. Baños, P. (2024). Geohispanidad. Ariel, Barcelona. ↩︎
  2. Bruquetas, F. y Lobo, M. (2017). El príncipe Don Carlos, la tragedia del hijo de Felipe II. National Geographic Historia. ↩︎
  3. Bruquetas, F. y Lobo, M. (2017). El príncipe Don Carlos, la tragedia del hijo de Felipe II. National Geographic Historia. ↩︎
  4. Cervera, C. (2015) La historia de Don Carlos, el sádico hijo de Felipe II que la leyenda negra convirtió en un mártir. ABC. ↩︎


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